
Parece ser que en breve, si no lo ha sido ya, Anagrama editará El diario del ron, primera novela de Hunter S. Thompson, tipo que, según desde dónde se le mire, tiene todas las papeletas para ser el más odiado o el más amado. Es fácil rastrear su biografía en internet (incluso tiene entrada en wikipedia y traza una vida movidita). Thompson es el Inventor del periodismo “Gonzo”, ése en el que el “cronista se convertía en parte de la historia promoviendo su acción y sufriendo sus consecuencias” (a mí la verdad es que me recuerda a ese diálogo de Billy Wilder que decía “somos periodistas, recogemos lo que pasa ahí fuera y si no pasa nada bajamos a la calle y mordemos a un perro”).
Pero la verdad es que he traido hasta aquí a este personaje porque mientras trabajaba como copista en la revista Time en 1959 decidió, en los descansos que le dejaba su trabajo, copiar palabra por palabra El gran Gatsby de Scott Fitzgerald y Adiós a las armas de Hemingway; simplemente, decía, para ver qué se sentía escribiendo una obra maestra.
Y es curioso, porque ese gesto recogía otros. Por una parte, uno de respeto hacia el lugar del que venimos; por otro hacia el propio oficio, ése que siempre guarda su as en la manga. Y me gusta eso de copiar. Porque es una actividad que debe estar libre de sospechas. De hecho en otras disciplinas es un sano ejercicio de aprendizaje; además permite conocer más a fondo los arrepentimientos que tan humanos nos hacen. Conocer por un ejercicio de repetición es como un mapa temporal del hacer, donde nos vamos a encontrar con los errores, los trazos torpes, las trampas y también, por supuesto, los aciertos del maestro.
Porque esa repetición del gesto de otros no debe resultarnos tan extraña. Milan Kundera decía que había más personas en el mundo que gestos por lo que, los que creíamos originales y reivindicábamos como propios a buen seguro se estaban también produciendo en otros lugares, ejecutados por personas de las que nada sabemos.
Mientras tanto seguimos mirando las cosas con asombro. No es extraño. Están en permanente cambio (la única certeza que encierran). Pero, paradójicamente las miramos como si fueran un ancla en el tiempo, una piedra detenida, un hito que marca el lugar desde el que las miramos. Una superlativa afirmación de nuestra presencia. Porque andamos con la mosca detrás de la oreja: “Siglos y siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra, en el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí.”
Para Carlo Emilio Gadda, escritor italiano autor del libro El zafarrancho aquel de Via Merulana en el que de manera caleidoscópica da voz al primero que pasa por allí, los pronombres debían ser excluidos de la literatura: “auténticos piojos del pensamiento” los llamaba; y de entre todos ellos el pronombre “yo”. Y ¿cómo se cura uno de los pronombres?¿Cuál es el equilibrio entre el yo y lo otro? o dicho de otra manera: ¿cómo dejamos espacio para que entre lo de fuera? Solo hay una manera: adelgazando el Yo.
Sergio Larrain proponía un bonito y eficaz ejercicio de adelgazamiento, que cito de manera poco rigurosa, de memoria y probablemente con algún añadido, en el que le daba la vuelta a todo esto: “Sal a la plaza y, despacio, de manera minuciosa, dándole tiempo a la materia a que cambie con la luz y el aire, ve fotografiando todo aquello que es de piedra, luego la madera, la paja, el pelo… Al final verás que tienes un catálogo de incertidumbres y podrás empezar a hablar de algo.”
Porque, si olvidamos de qué está hecha la piel del mundo, ¿qué diablos hacemos con una cámara en las manos?
Las dos fotografías de arriba muestran el carnet de prensa de Hunter S. Thompson cuando trabajaba en el Jersey Shore Herald en 1958; la otra reproduce la portada del número 970 de la revista Rolling Stone de 2005, año en el que murió. La fotografía del carnet de prensa es un poco atípica porque muestra al sujeto de medio perfil y arrojando dos sombras en la pared. En el pómulo hay un flashazo que ha dejado una visible huella. La segunda (que quizá sea de Leibovitz aunque no he encontrado los créditos) muestra al periodista entre humos y luces soñatorias. Esta fotografía está realizada poco antes de la muerte del autor. Entre las dos fotografías hay una evidente pérdida de densidad visual. Uno no necesita tantas sombras para andar por el mundo.