El 16 de octubre comenzará el curso avanzado de creación de libros de fotografía. En él trataremos aspectos de edición de proyectos, puesta en página de todos los materiales, trabajo con tipografías y todo lo relacionado con la producción de un libro, desde la creación del arte final, la elección de papeles y tintas, la encuadernación, etc.

Si quieres realizar tu proyecto en forma de libro apúntate, todavía hay plazas disponibles.

Podéis obtener más información en la web de la escuela http://www.lens-fotografia.es/curso_libros_de_fotografia.php

Hasta el 10 de junio se puede visitar en la Casa Encendida de Madrid una exposición de dibujos de Daniel Johnston, pertenecientes a su ex-manager Jeff Tartakov. Johnston, aquejado de problemas mentales, se refugió en el dibujo y la música desde niño para tratar de conjurar sus demonios (literalmente hablando). Su universo pertenece a un estado previo a la experiencia donde la lucha del bien y el mal, iconizado en los superhéroes de la marvel, y los desdenes amorosos pulsan las entrañas de un organismo siempre a punto de venirse abajo. Su música, ese peculiar lo-fi, está cargada de ritmos simples y letras ásperas e ingenuas que, como las quejas de un niño, solo ganan en densidad por una cierta reiteración machacona. No es una poesía con mayúsculas y tampoco atrapa por su calidad formal, sino que es tan eficaz y acaba calando tan hondo como la voz de un niño capaz de repetir cien veces “mamá por qué no vamos al parque; mamá por qué no vamos al parque; mamá por qué…”

Y cuando te enfrentas a su universo te das cuenta de que no se puede jugar a según qué cosas. Cuando algo te atrapa, estás atrapado; es parte de tí, como tus uñas o tu pelo, e importa bien poco lo que pienses sobre ello. Todo va a a salir de ahí. Y cuando uno saca agua de ese pozo el soporte o el medio que se utilice se vuelve irrelevante. Los resultados siempre estarán limpios de imposturas. Uno puede jugar a ser un maldito, pero la herida o se tiene, o no se tiene.

La fotografía de arriba muestra a Daniel Johnston con sus padres. Daniel se independizó a petición de sus padres que creían que le podría venir bien en su desarrollo. Daniel, hijo agradecido y obediente, esperó años a tomar la decisión; justo hasta el momento en el que la parcela que estaba al lado de la casa de sus padres estuvo disponible.

Este enlace muestra un fragmento del documental que Jeff Feuerzeig hizo de Daniel Johnston y que lleva por título The Devil and Daniel Johnston

El jurado de la VIII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, que promueve el Ministerio de Fomento del Gobierno de España, ha reconocido un total de 26 obras arquitectónicas y de desarrollo urbano como las mejores de Latinoamérica, Portugal y España de los últimos dos años.

Junto a la selección de obras, la VIII BIAU ha premiado también tres libros, tres publicaciones periódicas y un programa radiofónico en la categoría de publicaciones, para la que los países habían preseleccionado 230 publicaciones.
Es en la categoría de publicaciones periódicas donde la revista del Colegio de Arquitectos de Madrid (COAM), de la que soy director de arte, ha recibido el primer premio “ex aequo” (un premio a la publicación y a todo el equipo). En la categoría de libros ha recibido el primer premio el libro, de cuyo diseño me encargué, Hipermínimos de Federico Soriano.
La retícula de arriba muestra algunos de los números editados de la Revista del Colegio de Arquitectos de Madrid en concreto los dedicados a Bamako, Budapest, Sao Paulo, Huangzhu, Beirut y Funchal. Podéis conocer algo más sobre el libro de Federico Soriano en http://felixfuentes.net/disenando-libros/hiperminimos/

El fin de semana del 26-27 de mayo voy a impartir un taller sobre el diseño, producción y realización de libros de fotografía. Analizaremos qué es un libro, qué características tiene, hablaremos sobre papeles, tintas y formas de disponer el material en página. Hablaremos también sobre tipografías, edición y ritmo narrativo. Por último nos acercaremos a la historia del desarrollo del libro de fotografía y veremos cómo ha ido evolucionando en paralelo a la del propio medio.

Además cada alumno comenzará la maqueta de su propio libro de fotografías.

También, para que podamos tener una idea clara de todo lo que veamos sobre el proceso de producción, el lunes siguiente al taller (el día 28 de mayo a las 11 de la mañana) está programada una visita, con los alumnos que quieran apuntarse, a Palermo, una de las mejores imprentas de Madrid, donde en una visita de aproximadamente dos horas, nos mostrarán las instalaciones y nos explicarán los procesos de producción tanto de offset tradicional como digital.

Podéis consultar el temario completo en http://www.lens-fotografia.es/taller_libros_de_fotografia1.php

Siempre me ha parecido curioso la manera en la que usamos las herramientas. Porque lo cierto es que, en la mayoría de los casos, y claro, como un ejercicio de sentido común, simplemente las usamos. Es verdad que lo hacemos en un contexto de confianza en las pruebas y errores de otros y que nos llegan, casi siempre, suficientemente testadas. Pero también me ha llamado siempre la atención las pocas preguntas que le hacemos a la propia herramienta y a nosotros mismos sobre si las razones por las que la usamos atienden a necesidades que realmente tenemos.

Recuerdo en un documental sobre Dorothea Lange en el que ella, muy anciana, miraba a la cámara y, de pie como estaba, apoyándose en el marco de una puerta y vestida con una vieja bata de andar por casa, decía casi con desesperación: ¡¿Cómo le explicas a alguien qué diablos haces mirándole con una cámara entre las manos?!

Yo la verdad es que todavía no tengo muy clara una respuesta (y lo cierto es que tampoco la busco; vendrá si tiene que venir). Pero lo cierto es que el oficio de fotógrafo es uno de los más extraños del mundo: un tipo que mira lo que pasa en la mesa y que para hacerlo, inevitablemente, se tiene que quedar, durante unos instantes, fuera de la fiesta (una buena definición del oficio de fotógrafo sería la de un “pescador en fiestas ajenas”, pero ya hablaremos más despacio de este tema. Porque lo cierto es que un fotógrafo siempre se tiene que quedar al margen mientras los demás se zambullen a conciencia en la vida).

Pero volvamos a las fotografías. Porque si queremos aproximarnos a estos extraños personajes tendremos que analizar cada paso que dan y cada herramienta que usan. Y es obvio que no hay fotógrafo sin cámara y que esta no tiene ningún sentido sin su correspondiente papel sensible (que justifica esas cosas de “escritura con luz” y demás).

Así que ahí lo tenemos: un soporte sensibilizado y que colocado de manera adecuada en una cámara obtiene, por medio de la luz que pasa a través de una lente recoge lo que tiene delante (y que refleja la luz suficiente; y esta aclaración la hago para no dejar ningún fleco suelto: en el siglo XIX, cuando todavía no se sabía muy bien para qué servían ni las cámaras ni los fotógrafos, se extendió un lucrativo negocio basado en fotografíar las presencias espirituales de familiares fallecidos que, obviamente, poca o ninguna luz reflejaban).

Otra vez me he ido; si vemos la fotografía de arriba, lo primero que llama la atención es que para ser una fotografía (y claro hay que ponerlo en mayúsculas, privilegio de herramientas con mucho uso: Fotografía) lo que muestra deja mucho que desear. Por decirlo de un modo menos concesivo: NO HAY NADA. Y aunque a decir verdad yo siempre me he conformado con fotos flacas, exiguas (como aquella de Fenton en su valle de la sombra de la muerte y que me hace pensar que con semejante título la fotografía ya puede ser exigua, porque no hay mundo que pueda contener tanto), entiendo que el espectador común demande algo más, porque para algo ser fotógrafo es un oficio, ¿o no?

Y voy a insistir un poco más en esto. El Rey valoraba mucho el “no veo nada” que Alicia le contesta cuando el primero le ordena que eche un vistazo para comprobar si viene o no su ejército. “Te envidio” le dice el Rey. “Yo con esta vista soy apenas capaz de ver algo y tú eres capaz también de ver Nada”.

Pero claro, una cosa es ser capaz de ver donde otros no ven Nada y otra bien distinta es enseñar Nada. Así que un primer requisito de una buena fotografía es que esté llena: ¿de qué? Ya hablaremos.

La fotografía está realizada en diapositiva color Ektachrome con una cámara de placas con un objetivo de 150 mm. Muestra un fragmento de cielo del día 16 de Junio de 2009 a las 18:56 en Madrid a una altitud de 666 metros y en las coordenadas  40,394143 (latitud norte), 3,626247 (longitud oeste)

Parece ser que en breve, si no lo ha sido ya, Anagrama editará El diario del ron, primera novela de Hunter S. Thompson, tipo que, según desde dónde se le mire, tiene todas las papeletas para ser el más odiado o el más amado. Es fácil rastrear su biografía en internet (incluso tiene entrada en wikipedia y traza una vida movidita). Thompson es el Inventor del periodismo “Gonzo”, ése en el que el “cronista se convertía en parte de la historia promoviendo su acción y sufriendo sus consecuencias” (a mí la verdad es que me recuerda a ese diálogo de Billy Wilder que decía “somos periodistas, recogemos lo que pasa ahí fuera y si no pasa nada bajamos a la calle y mordemos a un perro”).

Pero la verdad es que he traido hasta aquí a este personaje porque mientras trabajaba como copista en la revista Time en 1959 decidió, en los descansos que le dejaba su trabajo, copiar palabra por palabra El gran Gatsby de Scott Fitzgerald y Adiós a las armas de Hemingway; simplemente, decía, para ver qué se sentía escribiendo una obra maestra.

Y es curioso, porque ese gesto recogía otros. Por una parte, uno de respeto hacia el lugar del que venimos; por otro hacia el propio oficio, ése que siempre guarda su as en la manga. Y me gusta eso de copiar. Porque es una actividad que debe estar libre de sospechas. De hecho en otras disciplinas es un sano ejercicio de aprendizaje; además permite conocer más a fondo los arrepentimientos que tan humanos nos hacen. Conocer por un ejercicio de repetición es como un mapa temporal del hacer, donde nos vamos a encontrar con los errores, los trazos torpes, las trampas y también, por supuesto, los aciertos del maestro.

Porque esa repetición del gesto de otros no debe resultarnos tan extraña. Milan Kundera decía que había más personas en el mundo que gestos por lo que, los que creíamos originales y reivindicábamos como propios a buen seguro se estaban también produciendo en otros lugares, ejecutados por personas de las que nada sabemos.

Mientras tanto seguimos mirando las cosas con asombro. No es extraño. Están en permanente cambio (la única certeza que encierran). Pero, paradójicamente las miramos como si fueran un ancla en el tiempo, una piedra detenida, un hito que marca el lugar desde el que las miramos. Una superlativa afirmación de nuestra presencia. Porque andamos con la mosca detrás de la oreja: “Siglos y siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra, en el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí.”

Para Carlo Emilio Gadda, escritor italiano autor del libro El zafarrancho aquel de Via Merulana en el que de manera caleidoscópica da voz al primero que pasa por allí, los pronombres debían ser excluidos de la literatura: “auténticos piojos del pensamiento” los llamaba; y de entre todos ellos el pronombre “yo”. Y ¿cómo se cura uno de los pronombres?¿Cuál es el equilibrio entre el yo y lo otro? o dicho de otra manera: ¿cómo dejamos espacio para que entre lo de fuera? Solo hay una manera: adelgazando el Yo.

Sergio Larrain proponía un bonito y eficaz ejercicio de adelgazamiento, que cito de manera poco rigurosa, de memoria y probablemente con algún añadido, en el que le daba la vuelta a todo esto: “Sal a la plaza y, despacio, de manera minuciosa, dándole tiempo a la materia a que cambie con la luz y el aire, ve fotografiando todo aquello que es de piedra, luego la madera, la paja, el pelo… Al final verás que tienes un catálogo de incertidumbres y podrás empezar a hablar de algo.”

Porque, si olvidamos de qué está hecha la piel del mundo, ¿qué diablos hacemos con una cámara en las manos?

Las dos fotografías de arriba muestran el carnet de prensa de Hunter S. Thompson cuando trabajaba en el Jersey Shore Herald en 1958; la otra reproduce la portada del número 970 de la revista Rolling Stone de 2005, año en el que murió. La fotografía del carnet de prensa es un poco atípica porque muestra al sujeto de medio perfil y arrojando dos sombras en la pared. En el pómulo hay un flashazo que ha dejado una visible huella. La segunda (que quizá sea de Leibovitz aunque no he encontrado los créditos) muestra al periodista entre humos y luces soñatorias. Esta fotografía está realizada poco antes de la muerte del autor. Entre las dos fotografías hay una evidente pérdida de densidad visual. Uno no necesita tantas sombras para andar por el mundo.

Cuando tuvimos que hacer una cabecera para Café Project, nuestra oficina de servicios audiovisuales, nos quedamos paralizados. Hicimos bocetos sofisticados donde en varias capas se animaban trabajos realizados hasta el momento. Pero lo cierto es que nos sonaba muy pretencioso. Cuando tocó pausa para café vimos que el humo que salía era como el del genio de la lámpara y nos dijimos ¡Es mágico! Y una cosa llevó a otra y, de repente estábamos en una de esas barracas de feria donde se citaban todos los asombros imaginables: pulgas amaestradas, biblias escritas en un grano de arroz, pelos con un cuidadoso paisaje pintado y demás delicias que solo veían los que estaban dispuestos a ver. Y pensamos que en un lugar de esos nació el cine, ese invento, mágico por excelencia, que metió un tren en una sala repleta de espectadores aterrados. Y todo eso en un lugar en el que, antes de que las luces se apagasen, solo había un enorme lienzo blanco.

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