Con la luz de un bacalao podrido (1)
Recientemente visité una exposición de fotografía contemporánea en la que tres fotografías expuestas me produjeron alimento para pensar. Tendrán que esperar para entender el juego de palabras. La primera era de Robert Heinecken y mostraba un fotograma de su desayuno. Había colocado el huevo, el bacon, los pastelillos de patata y demás directamente sobre un papel fotográfico y lo había expuesto a la luz. El aceite había producido unos efectos interesantes en los productos químicos para el revelado. Al lado había una fotografía de Jack Sal, quien, poco tiempo antes, había adquirido una fama considerable por haber esparcido galletas saladas sobre un papel fotográfico y haberlo expuesto al sol durante horas; a veces durante días. Las migas eran como estrellas en un cielo nocturno, o algo así. La tercera era una diapositiva de una colcha hecha de rebanadas de pan tostado colocadas sobre una sábana sensibilizada por el proceso de la cianotipia. La fotografía era de Ellen Manchester, creo. Resultaba difícil saber qué representaba cada una de estas imágenes, hasta que nos lo dijo el conferenciante.
Una mujer del público, que claramente no era una fotógrafa-artista, preguntó amablemente que por qué estas personas habían utilizado unos objetos tan ridiculamente banales para hacer sus fotografías. Era una buena pregunta (por lo menos interesante), pero otras personas de la audiencia se echaron a reir, seguramente fotógrafos-artistas. El conferenciante la preguntó cortesmente que por qué consideraba que una loncha de bacon le parecía más ridícula que, por ejemplo los encajes o las plantas de Fox Talbot; o por qué una galleta era más ridícula que el giroscopio de Man Ray. ¡Touché! La mujer respondió: ¡no sé por qué lo son; pero lo son!; lo que hizo que la audiencia se tirase por los suelos. Yo también me reí; pero reflexionando un poco pensé que la mujer tenía razón. Algunas cosas, en ciertos contextos, son más ridículas que otras.
Las pedradas no son patrimonio exclusivo de los fotógrafos contemporáneos. Han surgido frecuentemente a lo largo de la historia del medio. Por ejemplo, el bacon de Heinecken no es comparable con el material utilizado por un fotógrafo que en 1882 anunció solemnemente que había conseguido hacer una fotografía con la luz emitida por un bacalao en putrefacción. Que el espectador encontrara “difícil discernir lo que quería representar” era irrelevante. Este espectador, y cronista, puso mucho cuidado en no desprestigiar el descubrimiento porque “posiblemente tenemos aquí el origen de un gran descubrimiento que en el futuro lejano nos permitirá usar la luz, hasta ahora desperdiciada, que produce la descomposición del cuerpo de un animal”. Vuelvo ahora a ofrecer esa idea como mi contribución personal contra la escasez de energía mundial.
Los bacalaos podridos no reemplazaron a las lámparas de carbón o magnesio incandescente en el estudio fotográfico. Sin embargo, veinte años después, algunos investigadores infatigables todavía seguían trabajando en el tema. Un tal profesor Gorham de la universidad de Brown anunción en 1901 que había conseguido extraer de terneras podridas suficiente luz como para fotografiar los aparatos del laboratorio.
Gorham intentaba obtener luz artificial sin calor y “creía que estaba en el buen camino”. Poco después ya no se volvió a oir hablar de las fotografías-chuleta.

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