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Archivos Mensuales: abril 2012

Las fotografías que aparecen en el álbum deben estar realizadas en los años 30 o 40 del siglo XX (coches, vestimentas,… así parecen anunciarlo). Es de suponer que el álbum esté realizado también por aquel entonces. Pero no tiene pinta de ser un trabajo hecho inmediatamente. Parece que el autor se ha dado tiempo. ¿Cuánto? El necesario para decantar la mirada, para reposarla, como si quisiera hacer un recuento de emociones, hasta llegar a ese lugar donde éstas se pueden mirar como si fueran ajenas. Con su ruido y su furia amortiguados; pero a la vez compactado, encerrado dentro, metido en estos diminutos y frágiles cartones; a presión si es necesario. Un sabio ejercicio de músculo.

Y para que esto suceda las fotografías del álbum deben estar están hechas también desde el músculo; insitiendo en el ojo, obligándolo a mirar más, como si se se pudiera tensar a voluntad: encuadres, luces, composiciones… Una mirada atenta que sabe que las fotografías son también contenedores delicados en los que, a nada que pongamos el cuidado adecuado, podremos meter la nitroglicerina necesaria para reventar el mundo emocional del que se ponga a tiro sin haber tomado las protecciones adecuadas.

Y entonces el autor se pone manos a la obra; con paso firme.  Cada página presenta asociaciones insólitas y brillantes: un esquiador comparte página con el primer plano del lomo de cuatro tomos del diccionario de Espasa; un hombre que se convierte en sombra erotizada mientras dos niñas, ajenas al juego aportan su presencia; cuatro fotografías en las que aperece una chica en la playa, comparten espacio con una esculturita de latón; el mar se convierte en viaje y el horizonte termina en la puerta entreabierta de un caserón; varias páginas dedicadas a una única mujer, acaban cuando otra aparece en escena. Su súbita presencia queda enmarcada en un espacio interior nuevo, también fotografiado, como si la piel y el espacio fueran texturas que cosen las relaciones y no se pudiese cambiar una sin la otra; … y se llega al final.

Final sin final. Porque un álbum solo se puede hacer mientras se vive; mientras se tiene la sensación de que trazar un mapa emocional del mundo también da cuenta de su existencia. Los muertos tienen otros privilegios.

El tamaño del álbum es de 235×158 mm. El de las fotografías es un poco irregular; algunas mayores y otras más pequeñas, pero todas alrededor de 65 x 44 mm.(el tamaño del papel fotográfico) y 61 x 39 mm. (el de la mancha fotográfica). Además el papel fotográfico no presenta siempre un recorte homogéneo lo que me hace suponer que las fotografías están copiadas por el propio fotógrafo (o en cualquier caso realizadas en un laboratorio de aficionado y no en un establecimiento profesional).

La encuadernación del álbum es sencilla: 20 cartones de unos 325 gramos, que sirven de base a las fotografías, separados entre sí por unos papeles transparentes de unos 60 gramos (que a su vez presentan un motivo geométrico estampado en seco). Las cubiertas son de cartoné forrado en tela de color verde oliva. Todo el material lleva un hendido que permite articular el libro. En la encuadernación se han unido las cubiertas con las tripas con un cordón doble, firmemente tensado (marrón, casi del mismo color que los cartones interiores, y amarillo) que ata todo el libro y que pasa por unas perforaciones, reforzadas en cubierta y contra por unos pasadores de metal que quedan vistos.

Es un álbum pequeño, con un material modesto, adecuado para una lectura cercana, íntima. Una lectura en la que la mano, la que supo de aquéllo que aparece en las fotografías, sabe guiar a la mirada. Y al hacerlo vuelve táctil el recuerdo. Porque en la naturaleza de las fotografías sí existe esa posibilidad. La de seguir tocando con la mirada.

Compré este álbum de fotografías hace ya unos cuantos años (allá por 1999) en una almoneda de estas en las que se amontonan todo tipo de cachivaches. El dueño era un tipo curioso que siempre que iba por allí a comprar fotografías, cuando estábamos delante de la caja registradora, me acababa regañando: “No entiendo cómo alguien puede comprar fotografías de otros. No le veo el interés por ninguna parte”. Y me lanzaba una mirada inquisitiva. Yo la verdad es que tampoco sabía muy bien qué contestarle y, mucho menos cómo hacerlo sin parecer un impertinente listillo. Yo le sonreía y le decía, “ya ve, me gustan”. Y él apretaba más el ceño como si insinuase que aquéllo, esta afición mía por meter la nariz en las vidas ajenas, ya no tuviera arreglo. Pero lo cierto es que mientras yo rebuscaba el dinero, él echaba un vistazo a las fotografías y los álbumes y hacía comentarios sobre ésto y aquéllo. Era como si viera, de verdad, por vez primera lo que tenía delante. Y esto es algo que ocurre con frecuencia en este tipo de lugares. Depositarios de memorias grabadas a fuego en los más dispares objetos, la costumbre hace que los vean como cachivaches con valor añadido. Y este valor mercantil depende, en gran parte, de las características físicas de los objetos; los más pesados y voluminosos suelen tener el precio más alto. Las fotografías, ligeras y amontonadas unas sobre otras, no pueden competir en presencia con el espejo isabelino o el grueso aldabón. Pero la densidad de las fotografías reside precisamente en eso. Sabiéndose en inferioridad respecto a otros objetos, reinvidican su presencia con un acto guerrillero:  la repentina aparición, delante del espectador, de todo un universo que ha sido. Al dejarla en su montón la fotografía vuelve a enmudecer y justo en ese momento, a modo de barco fantasma cargado de presencias con ganas de juerga, aparece otra en su lugar. Un carrusel de mundos, y una metáfora de nuestras vidas: siempre llenas y, un segundo después, vacías para siempre. Sin espectadores no hay espectáculo.

El otro día en el blog http://www.cuatrocuerpos.com presentamos el trabajo de Ken Schles A New History of Photography: The World Outside and the Pictures in our Heads. En este trabajo Schles plantea si las fotografías que hacemos (y leemos) están o no poderosamente influidas por aquellas que ya conocemos. O dicho de otra manera: si solamente vemos aquéllo que ya sabemos que existe. Lo que el trabajo de Schles pone de relieve es que todos, de manera inconsciente las más de las veces, vamos elaborando un suelo conceptual y visual desde el que vamos elaborando nuestra propia visión del mundo.

Para la realización de ese trabajo Schles parte de la historia de la fotografía, desde la que construye un imaginario deudor y cómplice. El curso “Los géneros del arte y la fotografía” propone, desde parámetros similares a los del trabajo de Schles, ampliar el campo en el que recogemos las muestras visuales con las que vamos construyendo tanto nuestra mirada como la manera en la que articulamos conceptualmente nuestros propios proyectos.

Para ello nos sumergiremos en la historia de las imágenes que el arte nos ha ido legando como sustrato visual común. Para movernos por este mundo tomaremos como referencia los géneros en los que tradicionalmente se han dividido los trabajos de los artistas: retrato, desnudo, bodegón, paisaje… para también analizar qué cualidades conformas y definen lo fotográfico.

Buscaremos, y también provocaremos, encuentros inusitados, tanto formales como conceptuales que den nuevos referentes a nuestra mirada y, por extensión, a nuestros proyectos fotográficos. Y para ello tomaremos como guía aquello que contaba el arquitecto Oiza: “Yo prefiero las cartas al ajedrez; porque cuando coges la baraja, lo primero que dices es: ¿a qué jugamos?”

Las dos imágenes de arriba son de Antonello de Mesina y de Robert Frank. La primera lleva por título Cristo muesrto sostenido por un ángel y es de 1475; la segunda se titula US 285 Nuevo Mexico y es de 1956. Las dos muestran dos heridas que señalan la puerta de salida del mundo tal como lo conocemos, anunciando que siempre, un poco más lejos, lo invisible también es un lugar.

Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.
Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.
Y además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.
Está del otro lado de la vida.

Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

Las fotografías muestran las reproducciones de los pasaportes falsos que utilizaron Céline y su esposa para salir de Francia en 1944. En ellos Lucette se transformó en Lucette Alcante, profesora de cultura física; Louis-Ferdinand pasó a ser Louis François Deletang, representante.

Estas fotografías están realizadas por Weegee con película infrarroja. Las fotografías miden aproximadamente 18×23 cm. y están montadas sobre un cartón. Aparecen algunas palabras manuscritas que, a modo de clave, insinúan una posible catalogación: Love story, Ice cream, Aspirin, Soda Pop, Vitamin Pills y Photographed with Invisible Light (Infrared) in the Dark.

Weegee solo muestra en grande la fotografía en la que parece que pasa algo (una pareja besándose). Ser capaz de ver en la oscuridad no le asegura a uno que pueda ser capaz de librarse de lo anecdótico. Hay muchos autores que sostienen que sin sucesos no hay posibilidad de narrar. De hecho, fundamentan la narración en un primer accidente que hace posible una historia. Posiblemente por esto, lo descriptivo no es narrativo; y esto a pesar de que la primera cualidad de lo fotográfico es su impresionante capacidad para describir.

Es probable que los pintores decimonónicos despreciasen la fotografía no por su naturaleza maquinista, sino por su incapacidad para hablar del devenir humano. A Weegee naturalmente esto le importa un pito: él es capaz de ver en la oscuridad, justo donde crecen las pasiones.

Hay algo espantoso en estas presencias que señalan hacia lo que no está. Las fotografías muestran dos prendas de ropa que han sido utizadas en la serie Boston Legal, en concreto unos pantalones de “jogging” y una camiseta de cashemere de cuello cerrado. Son de color gris y ambas son talla S. La prendas son de la marca “Celine” y pueden comprarse por 79.99 $ en la tienda online DressHollywood.

La fotografía de abajo muestra un fotograma de la película de Dreyer Vampyr, Der Traum des Allan Grey de1932. Es posible que el relleno que le falta a las fotografías de arriba lo podamos encontrar en la oscura presencia de la de abajo. Esto, sin embargo no es más que una conjetura, y me sigue pareciendo que sigue habiendo algo pavoroso en todo esto.

El sábado 14 de abril a las 20:00 en la escuela Lens presentaré el curso Multimedia para fotógrafos. Para la ocasión proyectaré tres proyectos multimedia que darán pie a un coloquio posterior en el que hablaremos sobre cómo, por qué y para qué las herramientas multimedia están siendo utilizadas por un cada vez mayor número de fotógrafos para desarrollar y compartir sus proyectos.

PRESENTACIÓN Y MESA REDONDA.
Sábado, 14 de Abril, 20.00h
Entrada libre hasta completar aforo.
Aula 310. LENS Escuela de Fotografía y Vídeo
Ronda de Toledo, 16. 3ª Planta.
Metro: Acacias / Puerta de Toledo / Embajadores

“Es tan fácil charlar sobre lo Bello… Pero para decir en estilo propio “cierra la puerta” o “tenía ganas de dormir” hace falta más genio que para hacer todos los cursos de literatura del mundo”.

“La fealdad en los temas burgueses debe reemplazar a lo trágico, porque son incompatibles”

Flaubert, Cartas a Louise Colet. Dos fragmentos de sus cartas con fechas 28-29 de junio de 1853 y 29 de noviembre de 1853.

La fotografía (anverso y reverso) muestra a Flaubert y fue realizada por Carjat. Pertenece a la colección de Bernard Molant. En el reverso aparecen fragmentos de cartón, supuestamente procedentes del álbum al que la fotografía estaba pegada. Aprovechando esta superficie recuperada, el que ha arrancado la fotografía ha escrito el nombre del personaje que aparece al otro lado.

Las fotografías son unos pedazos de cartón o papel grueso que por uno de sus lados muestran imágenes que guardan un gran parecido con el mundo, aunque obviamente son otra cosa. El otro lado muestra una superficie de papel. A veces sobre esta segunda cara, suponiendo que la otra sea la primera, aparecen algunos pocos textos que informan sobre quién ha hecho la fotografía o cuándo ha sido realizada. Es costumbre escribir sobre este lado porque el otro, el de la imagen, suele estar lleno. La suposición, por parte normalmente del fotógrafo, de que no se necesita que aparezca nada escrito sobre la imagen ha conducido al espectador a territorios en los que la sorpresa ha sido la norma común. Quizá cuando hacemos fotografías no deberíamos olvidar esto: que por un un lado encontraremos la apariencia del mundo; por el otro, nada. Y muchas veces, el juego funciona al revés. Aunque solamente algunos se dan cuenta de ello: los aficionados, los locos y los coleccionistas, es decir, aquéllos para los que es posible que todo esté permanentemente presente ante ellos.

Recientemente me he encontrado con estos dos textos que, desde perspectivas muy distintas hablan de una misma serie de fotografías (la serie completa se puede ver en la web de la Associated Press, donde curiosamente dan la opción de comprarla para ponerla en la pared de tu casa). Paralelamente Antonio Pérez Río de la Escuela Lens planteaba la posibilidad de un interesante debate al hilo de un post que había publicado Jon Uriarte en su blog.

Os dejo aquí fragmentos de los dos textos (que espero funcionen como pedernales, a ver qué chispas provocan). El primero es de Max Kozloff (que comienza con una cita de Susan Sontag), el segundo de Daido Moriyama.

Susan Sontag ha comentado: “Parte del horror provocado por trabajos recientes de fotoperiodismo, como las de los monjes quemados a lo bonzo o ese otro que muestra a los prisioneros pakistaníes empalados por las bayonetas, proviene de la conciencia de lo natural que es, en situaciones en las que el fotógrafo puede elegir entre una fotografía y una vida, elegir la fotografía. La persona que interviene no puede fotografiar; la persona que fotografía no interviene”.
Esto suena familiar, aunque en la mayoría de los casos la elección no es entre fotografiar o intervenir –las vidas no podrían haberse salvado– sino entre fotografiar y no hacerlo.
“Durante la terrible tortura (de los pakistaníes del este) el sudor caía por mi cara y mis manos temblaban tanto que no podia ni cambiar la película. Cuando comenzaron a bayotenearlos, Michel estaba tan pálido como las víctimas… Alguien nos puso en entredicho por haber realizado esas fotografías pero creo que nuestro trabajo era el de informar sobre lo que estaba sucediendo” (esta cita aparece en el artículo The Instant It Happened, escrito por Horst Faas y publicado en 1972). Horst Faas podría haber sido impermeable a las críticas sobre su trabajo, pero lo cierto es que mientras lo realizaba sus manos temblaban y todo su ser estaba sometido a un intenso conflicto interior. El horror de ese momento no se refleja en la fotografía que es extrañamente apacible, con las víctimas en una posición relajada.
Al no poder detener las ejecuciones, los fotógrafos se dieron media vuelta, porque “pensaban que la tortura había sido escenificada para que apareciese ante las cámaras”, lo que en realidad, no era así. Supongo que el error fue pensar que las guerrillas bengalíes eran tan conscientes de la importancia que tienen las imágenes fotográficas como lo somos nosotros. En las partes no occidentales del globo, las reacciones en contra de ser fotografiado se encienden debido a la creencia, casi mágica, que relaciona la máquina con la pérdida del alma. Nosotros generamos respuestas similares causadas por el deseo de evitar un escrutinio social que no se nos presente bien definido. Si la gente mira con el ceño fruncido o aprieta el paso, o se cubre la cara con las manos, nos recuerdan, como dice el psicólogo Stanley Milgram “que el acto fotográfico ha creado una serie de gestos que no existían antes de la presencia de la cámara” (nota extraída de The Image-Freezing Machine, de Stanley Milgran publicado en Psychology Today en enero de 1977).
Ciertos grupos asiáticos, sin embargo, que carecen de la experiencia que proporcionan nuestras muestras de protagonismo y notoriedad delante de las cámaras, tienen en muy poca consideración el hecho de alargar una tortura por el mero hecho de que ésta vaya a ser fotografiada para una audiencia occidental. Ellos parecen vivir en una sociedad en la que el crimen, los desastres, el fraticidio y la miseria no son considerados noticia; o hablando de una manera más presisa, no son las migajas diarias de un ávido consumo popular. La emoción enfebrecida del que conoce algo de manera indirecta no existe para ellos, y con ella ha desaparecido también ese poder que se otorga a sí mismo el testigo satisfecho gracias a la existencia de un ojo invisible.

Max Kozloff, Photography and Fascination, colección de artículos del autor recopilados en un libro que lleva el mismo título y que fue publicado en el año 1979.

Recientemente he visto una doble página llena de fotografías titulada “Las atrocidades de Bangladesh” en una revista semanal masculina. Las fotografías, realizadas por dos fotógrafos de la Associated Press (Haas y Laurent), han ganado el premio Pulitzer de fotoperiodismo en la edición de 1972. Haciendo honor a su nombre, la doble página presenta, con un realismo que raya con la crueldad, la masacre contra supuestos colaboradores llevada a cabo por sus compatriotas y que ocurrió en Dacca después de que las fuerzas pakistaníes se retirasen de la capital en diciembre de 1971. La manera en la que esas fotografías retrataban el dolor humano era perturbadora. Pero, curiosamente,  a mí me afectaban de una manera muy leve. Intentaba formarme una imagen mental sobre cómo incidirían los rayos de sol ese día; los sonidos que rodeaban toda la escena; e incluso las últimas imágenes que debían haber visto los ojos de esas personas antes de morir. Ciertamente todo esto sonaba truculento, pero no había nada para mí más allá de estas reflexiones. Por supuesto, me interrogué a mí mismo: ¿de qué va todo esto? Pero en el fondo pensaba, ¿por qué las fotografías de guerra de Robert Capa o las fotografías callejeras de William Klein me parecían tan reales, como para que su peso me haya acompañado desde siempre, mientras que estas otras, tan tremendamente perturbadoras, no me llevan ni un milímetro más allá de la escena que muestran?
Quizá sea por esto: quizá los fotógrafos se han perdido a sí mismos en las fotografías Bangladesh y han pasado a formar parte de los artefactos con los que han recogido toda la escena; y por esto, el único efecto que las fotografías pueden tener es el de ser una mera ilustración de las miserias de la guerra. Las fotografías de Capa o Klein, por otra parte, contiene el pulso vivo del que está detrás de la cámara. Lo primero no es más que un trabajo fotoperiodístico que recoge una atrocidad, mientras que lo último es un fragmento enmarcado que soporta la conmovedora carga emocional que reconstruye el mundo como un todo.

Daido Moriyama, The decision to shoot, publicado originalmente en el periódico Yomiuri Shimbun de Tokyo, en la edición de tarde, en agosto de 1972. Texto recogido en Setting Sun. Writings by Japanese Photographers.

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