Archivo

Horst Faas

Recientemente me he encontrado con estos dos textos que, desde perspectivas muy distintas hablan de una misma serie de fotografías (la serie completa se puede ver en la web de la Associated Press, donde curiosamente dan la opción de comprarla para ponerla en la pared de tu casa). Paralelamente Antonio Pérez Río de la Escuela Lens planteaba la posibilidad de un interesante debate al hilo de un post que había publicado Jon Uriarte en su blog.

Os dejo aquí fragmentos de los dos textos (que espero funcionen como pedernales, a ver qué chispas provocan). El primero es de Max Kozloff (que comienza con una cita de Susan Sontag), el segundo de Daido Moriyama.

Susan Sontag ha comentado: “Parte del horror provocado por trabajos recientes de fotoperiodismo, como las de los monjes quemados a lo bonzo o ese otro que muestra a los prisioneros pakistaníes empalados por las bayonetas, proviene de la conciencia de lo natural que es, en situaciones en las que el fotógrafo puede elegir entre una fotografía y una vida, elegir la fotografía. La persona que interviene no puede fotografiar; la persona que fotografía no interviene”.
Esto suena familiar, aunque en la mayoría de los casos la elección no es entre fotografiar o intervenir –las vidas no podrían haberse salvado– sino entre fotografiar y no hacerlo.
“Durante la terrible tortura (de los pakistaníes del este) el sudor caía por mi cara y mis manos temblaban tanto que no podia ni cambiar la película. Cuando comenzaron a bayotenearlos, Michel estaba tan pálido como las víctimas… Alguien nos puso en entredicho por haber realizado esas fotografías pero creo que nuestro trabajo era el de informar sobre lo que estaba sucediendo” (esta cita aparece en el artículo The Instant It Happened, escrito por Horst Faas y publicado en 1972). Horst Faas podría haber sido impermeable a las críticas sobre su trabajo, pero lo cierto es que mientras lo realizaba sus manos temblaban y todo su ser estaba sometido a un intenso conflicto interior. El horror de ese momento no se refleja en la fotografía que es extrañamente apacible, con las víctimas en una posición relajada.
Al no poder detener las ejecuciones, los fotógrafos se dieron media vuelta, porque “pensaban que la tortura había sido escenificada para que apareciese ante las cámaras”, lo que en realidad, no era así. Supongo que el error fue pensar que las guerrillas bengalíes eran tan conscientes de la importancia que tienen las imágenes fotográficas como lo somos nosotros. En las partes no occidentales del globo, las reacciones en contra de ser fotografiado se encienden debido a la creencia, casi mágica, que relaciona la máquina con la pérdida del alma. Nosotros generamos respuestas similares causadas por el deseo de evitar un escrutinio social que no se nos presente bien definido. Si la gente mira con el ceño fruncido o aprieta el paso, o se cubre la cara con las manos, nos recuerdan, como dice el psicólogo Stanley Milgram “que el acto fotográfico ha creado una serie de gestos que no existían antes de la presencia de la cámara” (nota extraída de The Image-Freezing Machine, de Stanley Milgran publicado en Psychology Today en enero de 1977).
Ciertos grupos asiáticos, sin embargo, que carecen de la experiencia que proporcionan nuestras muestras de protagonismo y notoriedad delante de las cámaras, tienen en muy poca consideración el hecho de alargar una tortura por el mero hecho de que ésta vaya a ser fotografiada para una audiencia occidental. Ellos parecen vivir en una sociedad en la que el crimen, los desastres, el fraticidio y la miseria no son considerados noticia; o hablando de una manera más presisa, no son las migajas diarias de un ávido consumo popular. La emoción enfebrecida del que conoce algo de manera indirecta no existe para ellos, y con ella ha desaparecido también ese poder que se otorga a sí mismo el testigo satisfecho gracias a la existencia de un ojo invisible.

Max Kozloff, Photography and Fascination, colección de artículos del autor recopilados en un libro que lleva el mismo título y que fue publicado en el año 1979.

Recientemente he visto una doble página llena de fotografías titulada “Las atrocidades de Bangladesh” en una revista semanal masculina. Las fotografías, realizadas por dos fotógrafos de la Associated Press (Haas y Laurent), han ganado el premio Pulitzer de fotoperiodismo en la edición de 1972. Haciendo honor a su nombre, la doble página presenta, con un realismo que raya con la crueldad, la masacre contra supuestos colaboradores llevada a cabo por sus compatriotas y que ocurrió en Dacca después de que las fuerzas pakistaníes se retirasen de la capital en diciembre de 1971. La manera en la que esas fotografías retrataban el dolor humano era perturbadora. Pero, curiosamente,  a mí me afectaban de una manera muy leve. Intentaba formarme una imagen mental sobre cómo incidirían los rayos de sol ese día; los sonidos que rodeaban toda la escena; e incluso las últimas imágenes que debían haber visto los ojos de esas personas antes de morir. Ciertamente todo esto sonaba truculento, pero no había nada para mí más allá de estas reflexiones. Por supuesto, me interrogué a mí mismo: ¿de qué va todo esto? Pero en el fondo pensaba, ¿por qué las fotografías de guerra de Robert Capa o las fotografías callejeras de William Klein me parecían tan reales, como para que su peso me haya acompañado desde siempre, mientras que estas otras, tan tremendamente perturbadoras, no me llevan ni un milímetro más allá de la escena que muestran?
Quizá sea por esto: quizá los fotógrafos se han perdido a sí mismos en las fotografías Bangladesh y han pasado a formar parte de los artefactos con los que han recogido toda la escena; y por esto, el único efecto que las fotografías pueden tener es el de ser una mera ilustración de las miserias de la guerra. Las fotografías de Capa o Klein, por otra parte, contiene el pulso vivo del que está detrás de la cámara. Lo primero no es más que un trabajo fotoperiodístico que recoge una atrocidad, mientras que lo último es un fragmento enmarcado que soporta la conmovedora carga emocional que reconstruye el mundo como un todo.

Daido Moriyama, The decision to shoot, publicado originalmente en el periódico Yomiuri Shimbun de Tokyo, en la edición de tarde, en agosto de 1972. Texto recogido en Setting Sun. Writings by Japanese Photographers.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.