La relación entre John Ruskin y Frederick Crawley es, desde mi punto de vista, una de las más sorprendentes de la historia de la fotografía (y que creo que, de hecho, este tipo de relaciones solo son posibles en Inglaterra). Frederick Crawley era en realidad el criado de Ruskin y éste le instruyó para que le acompañase en sus viajes y tomase fotografías para él. No he encontrado información sobre dónde ni cuándo Crawley se familiarizó con el oficio de fotógrafo, pero sí he visto algunas fotografías suyas, todas daguerrotipos, lo que me hace suponer que el entrenamiento no debió ser sencillo.
Ruskin es bien conocido por su trabajo como teórico e historiador del arte y por la influencia que sus teorías tuvieron sobre el desarrollo estético del movimiento prerrafaelista. Para llevar a cabo sus estudios, Ruskin ya había hecho uso de los daguerrotipos como fuente de información. Durante su estancia en Venecia en 1845 compró algunos que mostraban vistas del Gran Canal y en una carta que escribió a su padre le aseguraba que era como si pudiese llevarse cada una de las piedras del Palacio con él. Fue en sus estudios sobre las ciudades suizas, en 1854, donde llevó a Crawley por vez primera con él.
Pero a pesar de hacer uso de los daguerrotipos, que a veces usaba como fuente de conocimiento y otras como indicios a partir de lo cual elaborar dibujos, había un deje de desconfianza hacia los resultados. Ruskin avisaba de la cantidad de detalles que se perdían en los daguerrotipos: muchos de los que están en las sombras pero también, y quizá más importante, se perdía la “emoción” (que evidentemente no es una cualidad de lo fotográfico; y esto por muchas razones, de las cuales quizá la más importante es que una emoción no refleja luz).
Por ello, a pesar de realizar (más bien dirigir al pobre Crowley) una cantidad considerable de daguerrotipos Ruskin siempre anteponía las cualidades del dibujo y el grabado sobre las fotografías. En The Cestus of Aglaia (libro de 1865-66) indica dirigiéndose a “sus amigos del buril”: “Os digo (dogmáticamente si queréis llamarlo así, ya que sé de lo que hablo) que un milímetro cuadrado de un grabado hecho por la mano vale más que todas las fotografías hechas jamás y sumergidas en sus ácidos… Creedme las fotografías pueden hacer tanto daño a los grabados como el que ha hecho el Museo de cera Madame Tussaud a la escultura.” Y luego sigue: “Las fotografías se cree popularmente que son ‘verdad’, y en el peor de los casos lo son, pero de la manera en que es cierto el eco de una conversación respecto a ésta: omite las sílabas más importantes y duplica el resto.”
En la acuarela de Ruskin que copia el daguerrotipo realizado por Crawley la dirección de las aguadas sigue la de los químicos que han dejado marcas imperfectas en la superficie. Quizá Ruskin viera un último rastro de presencia humana en ellas y supusiera que, al fin y al cabo, no estaba todo perdido. O quizá, quién sabe, que el ojo seguiría necesitando a la mano.
Por cierto, en ningún momento Ruskin comenta que los daguerrotipos ¡no tienen colores!
Frederick Crawley, bajo la dirección de John Ruskin
Friburgo, Suiza, Calle de la Palme et Pont de Berne (Friburgo, Suiza)
ca. 1854 o 1856
Daguerreotipo
11.5 x 15.1 cm
© Colección K. & J. Jacobson
John Ruskin
Friburgo
1859
Carboncillo, tinta, acuarela y gouache sobre papel
22.5 x 28.7 cm
London, The British Museum
© The Trustees of The British Museum.

