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Philippe Soupault

Fotografía: Campo magnético en la superficie del sol

Cuando, en la primavera de 1919, André Breton y Philippe Soupault conciben y experimentan el método de escritura del que nacerán no sólo Los campos magnéticos, sino también los textos “automáticos” de la historia del movimiento surrealista, el primero tiene 23 años y el segundo 22.
Cuenta André Breton: “La práctica cotidiana de la escritura automática –a veces le dedicábamos, Soupault y yo, de ocho a diez horas consecutivas– nos llevó a observaciones de gran alcance, pero que sólo se coordinarían y se aprovecharían totalmente más tarde. Aun así vivíamos en plena euforia, casi en estado de ebriedad por descubrir sin cesar (…). Una euforia no exenta de angustia debida a las propiedades alucinógenas del automatismo consumido o producido en dosis intensivas.”

«Señores, no olviden que no son los amos. Hay que saber guardar las distancias. Reciban mi más cordial saludo.

- Prefiero las hermosas tiendas en las que reina la cajera. Apenas puede uno dar crédito a sus ojos. Pero, ya que así lo desean, circulen por la acera de enfrente y les molestaremos menos.

- La vuelta a los principios presupone una bonita alma que no poseemos. Es algo que sólo ocurre en presencia de los agentes de policía.

- ¿Acaso olvidan que la policía es neutral y que jamás ha conseguido detener al sol?

- No, gracias, tengo reloj. ¿Cuánto tiempo lleva encerrado en esta jaula? Lo que necesito es la dirección de su sastre.

- Un buen consejo: vayan a la Avenue du Bois y ofrezcan una modesta moneda de diez reales a un inquilino de los inmuebles cuyo delicioso mal gusto exalta nuestras pasiones.

- Luego podremos pasar a forzar el retiro de los generales muertos y entregarles de nuevo las batallas que perdieron. Sin esto tendríamos que dar un paso en falso contra los más imparciales juicios del mundo y el Palacio de Justicia se halla mojado.

- No estoy tan seguro como usted. Una farola que estimo me ha dejado entrever que generales y religiosas saben apreciar la pérdida de los sueños más insignificantes.

- De este lado de su voz hace bastante bueno, pero le aseguro que deberíamos prevenirnos contra esas distancias de las que le hablaba.

- ¡Qué importa la distancia! Recuerdo aquel viaje a los pies del capitán y de aquel hermoso negro que nos sonreía cerca del establecimiento. En aquel país todavía existía el niñito al que lloraba su amiga, y le perseguimos. Tenía las manos roídas por cierto parásito.

- Era otro autor de desorden. Las memorias están llenas de aquellos sombríos siniestrados que volvían de antiguas civilizaciones y se miraban a hurtadillas en las aguas que ellos mismos se habían cuidado de enturbiar.

- Los ríos no son espejos, desde hace diez años todo va mucho mejor. Con una piedra puedo romper todas las lunas de la ciudad en la que vivimos e insectos más diminutos que el llanto de un niño de corta edad horadan con voluptuosidad los cimientos de los rascacielos.
- Sin duda alguna, y sin embargo todavía no presenciamos los saqueos centrales. Se equivocan creyendo que nuestros votos sirven para llenar espacios significativos. Todavía no hace tanto que nacimos.

- ¡Vaya! Un amigo de la familia me había dado una medusa y, para que ese animal respetable no supiera lo que es el hambre, un licor verde que contenía agua de cobre. El invertebrado agonizó a ojos vista y, cuando dos días después de su muerte, limpiamos el bote, tuvimos la alegría de descubrir una concha malva llamada calcedonia.

- Esto ya está visto. Yo mismo les tendría que contar el embellecimiento que siguió a la vista del Presidente de la República. De un manojo de llaves que había colocado bajo vidrio nació un péndulo oficial que daba la hora de las restauraciones.

- Aquel día también había mujeres obesas que nos alegraban con sus sombreros de plumas. Los invitados, en la ventana, lanzaban pasteles y todos olvidaban la finalidad de la fiesta.

- No miro tan lejos como usted. Divertirse y reír, ¿no le parece el ideal de la gente de este siglo? Las mujeres necesitan zapatos de peluche y quimonos de pálido satén. Se habla mucho de este encantador gesto al agitar los pomos sentimentales antes de usarlos.

- Los mejores recuerdos son los más cortos y, si quieren hacerme caso, observen las iras precipitadas de esos pintores de edificios. La novia sale corriendo no se sabe hacia dónde y a nosotros se nos han acabado las cerillas.

- Como muy bien dicen, la flor del naranjo no nos podría reemplazar. ¿Tiene idea de lo que les espera? Cerca del principado de Mónaco encontré a ingenuas tristísimas. ¿No estarán enamoradas de ellas?

- Es un punto que hay que aclarar, pero esta bellísima luz nos molesta. Hay que rehacerlo todo. Yo paso por esta avenida; un caballo desbocado entra en un jardín público: ha sido una noche perdida.»

«Las historias de bandidos que recopiló para mayor goce nuestro han dejado de interesarnos. La canción telegráfica que acabo de escuchar en la oficina de correos encandila a los más oscuros ciudadanos. Me paso los días ante este secante manchado leyendo las confidencias de los corresponsales.

- La ecuación del pudor de las mujeres resulta particularmente difícil. Conocía a una muchacha que llevaba sobre el corazón x2+2 ax. Y le iba a pedir de boca.

- Por mí diga lo que quiera. Los animales del Jardin des Plantes chupan pan moreno varias horas cada día. Tuve la debilidad de ir a escucharles. En los muelles estuve a punto de echarme a llorar saludando a un remolcador. La chimenea era colorada.

- Los ríos han quedado agotados en la tierra y en los cielos. Los antiguos náufragos se han llevado la mejor parte ¡y ahora os encontráis ante una chimenea endurecida que ya no sirve ni para domesticar el chisporroteo de las fraguas!

- En invierno la humareda que el cielo abandona cae lentamente hacia las cuatro de la tarde: se hace de noche. Pero todas las chispas de las fraguas pueblerinas se enraciman sobre los faroles.

- A menudo he sido víctima de agresiones nocturnas. Para que no me retuviesen, empalidecía y balbuceaba diminutas estrellitas con las que se contentaban. Los que durante todo el invierno formaron parte de las infructíferas expediciones no lograron hallar los días tan cortos como usted dice.
- Durante esta época las grandes avenidas tienen un aspecto triste. Teníamos frío y, bruscamente, la luz de una joyería nos encadenaba.

- Desde la más tierna infancia fuimos educados para esta dura vida de inacción y actualmente no logran dormirnos las joyas ni las mujeres.

- Me gustaría conocer a aquel joven que nos seguía. Caminaba resueltamente pisándonos la sombra y, por parte nuestra, era una locura pretender correr. Se acercaba una corriente de aire, entrábamos en el pasaje y contemplábamos el cielo a través de unas vidrieras polvorientas. Desde el otro lado el mismo personaje nos acechaba, riendo.

- Era capaz de enojarse por nuestros más pequeños desfallecimientos. Un día, al pedirle yo fuego, me precedió hasta un limpiabotas enigmático que se las daba de alteza. Poco después de aquello adquirió un revólver. Quería probarlo, a cualquier precio, con las muchachitas del entresuelo.

- Hacía un día espléndido puesto que el aburrimiento de cuyo brazo descendíamos el Boulevard Saint-Michel nos había abandonado. Contábamos los automóviles y, cuando uno se detenía, aquel mismo joven nos dedicaba una sonrisa.

- ¡Menuda sorpresa nos llevamos al encontrar su retrato en los periódicos! Por fin salía con rumbo desconocido. Los coches de reparto llenan el centro de una ciudad. Son las hojas muertas de la plaza.

- Sin darnos cuenta nos habíamos acercado a los templos. Un mendigo tendía su cuenco y aulló cuando le tiramos dentro el cigarrillo. En la acera ya no había nadie más. Cuando nos cansábamos yo cantaba con voz de falsete las romanzas que las revistas académicas nos rechazaban regularmente. Las damas elegantes nos arrastraban hacia los bosques.

- Abandonemos nuestras almas, tan pobres y falseadas a fuerza de haberse mantenido brutalmente abiertas. Las cunas ya no conocen velas y en su flecha adivino una atroz insignia para el futuro.»

«Me han hablado de un lujoso restaurante en el que sirven los más diversos manjares. Hay salvamanteles musicales, garrafones de doble pico, copas y una magnífica puerta de entrada.

- De todas las puertas las más magníficas son aquéllas tras las cuales se oye: “¡Abran, en nombre de la ley!”

- Estos dramas no me convencen, prefiero el vuelo silencioso de las avutardas y la tragedia familiar: el hijo parte hacia las colonias, la madre solloza y la hermana pequeña piensa en el collar que su hermano le traerá. Y el padre se alegra interiormente porque cree que su hijo acaba de encontrar un medio de vida.

- Desde muy pequeño estuve al cuidado de un animal doméstico y, a pesar de todo, siempre he preferido algún cuentecillo de tiempos remotos al calor de su lengua en la mejilla.

- Este licor verde se puede beber con la punta de los labios pero queda mejor pedir un tónico.

- Los forzados hacen lo indecible por mantenerse serios. No les hablen de esos raptos sobrenaturales. La muchacha todavía lleva el pelo largo hasta la espalda.

- ¿Acaso sólo existen estos coches parduscos para favorecer las evasiones? Cada día, a mediodía, se escapa alguien.
- Que vaya con cuidado con todas esas escaleras que son lanzadas horizontalmente en las avenidas y que están hechas de todos los “¡Deténganlo!”.

- Lo toma a burla. Fíjese, allá va un individuo que se nos acerca corriendo a más no poder. De nuestros labios no saldrá ni un grito. Va más rápido que las palabras más breves. Sé que detrás nuestro forzosamente tienen que empalidecer de pavor.»

«Perdemos la cabeza y olvidamos, incluso, nuestros queridos proyectos. Una lechera sentada delante de su tienda nos da miedo.

- Una vez las han cerrado escucho junto a las puertas del metro. La llovizna finísima se desembaraza dificultosamente del vagabundo que la persigue.

- Su mano sobre mi hombro se convierte en mordisco y su voz oculta entre sus pliegues estertores de moribundos.

- Sus cansancios salen de lo normal y si quiere hacerme caso vayamos a cobijarnos de la tormenta bajo ese gran árbol.

- Todos los árboles tienen una sombra y yo sólo quiero detenerme ante esas paredes repintadas. Olvidaré las líneas rectas. ¿No sabe dónde está el gran aro que me dio?

- Creo que lo tomé de un tonel de sol. Era para dar ejemplo. ¡Hace tanto tiempo que las calles y su corazón están vacíos!

- Ya no veo más que a ese viejo que fuma colillas de puros. Corre a todas partes. Le gritan órdenes y no las escucha. Hablan y uno ya no oye nada. ¿Puede ser que usted no haya comprendido lo que le decíamos? Mírenos las manos: están llenas de sangre. Acérquese a esa mujer y pregúntele si vende el destello de sus ojos.

- Empieza a ser difícil coger mi cabeza a causa de los espinos. Venga, amigo, junto al mercado del pescado. En el ojo de una dorada he descubierto una pequeña rueda que gira como si estuviese en la caja de un reloj. He hecho enviar el animal a Monsieur Richepin para que empiece a cavilar. Aunque, dentro de poco, espero poderle hacer un regalo aún más exótico.

- Cálmese. ¿Es a dos pasos de aquí o a dos kilómetros donde por veinte francos operan a los abortos ciegos? ¿Es usted el cirujano?

- De vez en cuando me pierdo. Le prometo que no tiene nada de divertido, tendrán que volver a empezarlo todo desde el principio. He experimentado lo que eso significa. Yo hundía la cabeza en los espejos y me dio por detestar los relieves.

- Pero ustedes no han pecado con la misma escrupulosidad en las calles de los barrios aristocráticos. Los sombreros se convertían en monstruos antidiluvianos y la sonrisa de los comerciantes nos obligaba a huir. Si quiere iremos a beber esos licores coloreados que deben ser, estoy seguro de ello, ácidos ligeramente aumentados con agua.

- Por la misma razón le propongo aumentar las indulgencias de nuestras oraciones a las casas bajas. Llevémonos esta garrafa modelada cuyo fondo representa un bonito anuncio para baños de mar. En casa intentaremos utilizarla para las reacciones.»

La imagen del Sol que acompaña a este comentario es un magnetograma, que indica con bastante claridad cómo se desarrollan los campos magnéticos en la superficie fotosférica del Sol en unas zonas muy especiales llamadas “zonas activas”. Los contrastes en blanco y negro nos indican la distinta polaridad del campo magnético generado por esos imanes gigantescos llamados manchas solares. La imagen y el comentario están sacados del blog http://bibliotecacosmica.blogspot.com.es/2008/07/campos-magneticos-en-el-sol.html

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